martes, 26 de febrero de 2008

La casa de Asterión

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol;. abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

Jorge Luis Borges

jueves, 24 de enero de 2008

Paul (el comienzo)

Como práctica habitual un gran número de familias se reúnen para almorzar. No importa si lo hacen en el salón – comedor o en una pequeña mesa en la cocina. No importa si usan una pequeña vajilla decorada en sus bordes o simples platos desgastados por el uso. El hecho es que suelen reunirse para así comer todos juntos. Esperan. Se esperan unos a otros. La esposa espera a su marido que llega cansado de trabajar. Espera a sus hijos a que salgan de los centros en los que estudian. El caso es esperar a que estén todos para juntos sentarse a la mesa y compartir lo que en ese día han vivido. En un momento dado, ya sea la cocina o el salón – comedor, se ve envuelto por un gran alboroto, a veces formado por frases sin mucho sentido y carentes de importancia, que nadie puede, ni quiere, detener. Eso es lo que pasa en las familias a la hora del almuerzo, en las grandes familias y en las pequeñas familias. Lo importante es compartir experiencias, hablar, dialogar…entonces me surge una pregunta: ¿por qué encienden el televisor si casi nadie hace caso a las noticias del medio-día?

Bueno…siempre hay quien está más pendiente de esas noticias que de su propia vida. Yo me incluyo en este último grupo.


Mi nombre es irrelevante y tampoco veo correcto explicar cómo conocí a Paul. El hecho es que la pequeña amistad que teníamos nos hizo acabar compartiendo un pequeño piso a las afueras de…bueno, esto tampoco veo que sea muy importante. En verdad, en esta vida las cosas verdaderamente importantes son las que nos callamos y las que mueren con nosotros cuando nos llega la hora; aún así, este sentimiento que me invade por dentro y que no me deja vivir quiere que lo cuente, que cuente el secreto que durante años me ha acompañado en los días más brillantes y en las noches más oscuras. No sé si se trata de alivio, tristeza, incertidumbre, desesperación, ira, miedo, decepción…¡cielos! Cuántos sustantivos que emplear y ninguno que me pueda ayudar a describir lo que siento.

Como ya comenté anteriormente no importa cómo conocí a Paul. El hecho es que terminamos viviendo juntos aunque nuestra relación era más bien extraña…pues extraño es que durante el primer mes de convivencia hablásemos lo justo; el segundo mes nos limitásemos a saludarnos al encontrarnos en el pasillo o al cruzarnos en el cuarto de baño pero al tercer mes incluso esto se acabó perdiendo. Es más, había días en los que no salía de su habitación y yo acabé haciendo lo mismo. No sé que hacía ni en los lugares a los que iba cuando salía pero una noche mí curiosidad pudo más que mi precaución.

¡Qué grande fue mi sorpresa cuando vi cómo entraba en un pub para acabar reuniéndose con la que pocos meses atrás había sido su novia formal. Sin embargo su actitud no me convencía en absoluto. Volvía a compartir su vida con la persona a la que siempre había querido y aún así no era feliz. "Son cosas suyas". "Ya se arreglarán". "Necesitan tiempo para volver a coger confianza el uno en el otro". Estas tres frases y mil más sonaban en mi mente al tiempo que decidí dar media vuelta y dejar las cosas como estaban.

La noche era fresca. Las calles estaban tranquilas por lo que sólo la luz de las farolas me saludaba al pasar frente a ellas. De vez en cuando el sonido chirriante de un grillo o el saludo lúgubre de un búho me hacían sentir que no estaba sola en este mundo aquella noche.

De repente el sonido de un golpe seco me volvió a la realidad haciendo que mis pies, tan curiosos como toda yo lo era, se dirigiesen hacia el lugar de donde había surgido aquel sonido. Y fue en ese momento cuando lo vi. Allí estaba Paul, en aquella calle sin salida llena de gatos y deshechos…y a sus pies estaba ella, la persona a la que más había querido, la persona por la que tantas noches le había visto llorar.

Ahora sé que aquella no había sido la primera vez que Paul mataba a una persona con sus propias manos. También sé que no se arrepentía en absoluto de lo que hacía. Es más. Se sentía orgulloso de tan grandes hazañas. Con cada vida arrebatada se sentía como si de un dios creador se tratase. Dios había creado el mundo en el interior de una pequeña canica de cristal. Le había dado vida a la mujer para que ella pudiese seguir creando vida cuando Él ya no estuviese y le había dado vida al hombre para que cuidase de ella y de aquellos pequeños seres que ella trajese al mundo. Pero Paul ya no quería ver las cosas de este modo. Esto ya se había acabado. La historia había cambiado. La mujer se seguiría asemejando a Dios cada vez que diese vida a un ser pero él se convertiría en Dios cada vez que arrebatase alguna de ellas. "A partir de ahora yo seré el que juzgue quién vive y quién muere. Seré yo el que decida el cómo, el cuando y el dónde…el por qué no hará falta…lo hago porque me apetece"- se decía Paul así mismo cada vez que veía ante él el pobre cuerpo sin vida y mutilado ya fuese de un amigo o de un desconocido.


A pocos pasos de él yacía el cuerpo sin vida de la joven que poco tiempo atrás había compartido tan buenos momentos con aquella persona que en esos momentos ni yo conocía.

Paul miró la escena antes de volver a centrarse en la sangre que cubría sus manos. "Precioso"- le oí decir entre dientes mientras contemplaba el cuerpo inerte de aquella chica. La sangre que en ese momento cubría sus manos era de un rojo tan intenso y tan brillante que no parecía real. Paul la sentía suave, como si de terciopelo se tratase; clara, como el día más hermoso; y fresca, como el arroyo más puro. Recuerdo que había sangre por todas partes. Cubría el pavimento y se respiraba en el aire…incluso hubo un momento en el que me sentí salpicada por ella. Yo estaba aterrorizada mientras que a Paul le satisfacía más que el mejor polvo que nunca hubiese echado. Le gustaba su tacto, su olor, su color…incluso la sensación que le provocaba en su cuerpo.


La sangre resbalaba entre sus dedos como si quisiese volver al cuerpo del que había salido. Paul no podía apartar la mirada de sus manos. Sabía que en el momento en el que retirase la sangre de sus manos, en ese momento desaparecería todo.

De repente vi como Paul de forma casi impulsiva se acercaba la palma de su mano derecha hacia su boca. Los dedos meñique, anular y corazón fueron los primeros en sentir como la lengua limpiaba la sangre que había cubierto su piel pocos minutos antes. "Cielos…cómo me gusta."- le oí susurrarse a sí mismo.

Paul

A la mañana siguiente no había rastro alguno de aquella chica por ningún lado. No se sabe con certeza lo que Paul había hecho con su cuerpo ni el lugar en el que lo hubiese enterrado…en el caso de que lo hubiese enterrado en algún lugar. Sólo sus familiares y amigos sabían que algo malo había sucedido y claro, yo por supuesto, sabía que algo malo había sucedido. El por qué no dije nada. El por qué me mantuve callada mientras esa familia lloraba a gritos aún no lo sé pero sé que mi silencio me salvó la vida.

Aquella noche, después de haber presenciado como Paul se convertía en un monstruo, recuerdo que contuve la respiración durante unos minutos creyendo que mi propia respiración podría delatarme. Di unos cuantos pasos hacia atrás para alejarme de aquel horrible lugar y cuando creí que ya estaba fuera de aquella pesadilla eché a correr como nunca antes lo había hecho. El que esa noche me hubiese visto corriendo de aquella manera podría haber pensado que alguien me perseguía. Y no era así. Nadie me persiguió aquella noche. Ahora sé que nadie corrió tras de mí aquella noche. Lo que no sabía es que el recuerdo de lo que ví se iba a quedar grabado en mi mente para siempre y que aquellas escenas que presencié me perseguirían durante toda mi vida por más que hubiese corrido aquella noche.

Recuerdo que las piernas me quemaban de tal modo que llegué a pensar que aquello podría ser el principio de una lesión grave. Hubo un momento en el que me las sentí tan hinchadas que creo que le faltaron espacio dentro del pantalón vaquero desgastado que esa noche llevaba puesto.

No me llevó mucho tiempo alcanzar el portal del edificio en el que se encontraba la casa que compartía con Paul. La puerta del portal estaba abierta aunque los tramos de escaleras hasta la quinta planta parecían no tener fin. Varias veces mis pasos torpes, inseguros y temblorosos tropezaban con el filo de algún escalón haciendo que mi cuerpo se desplomase como si de un muñeco de trapo se tratase sobre la hilera de escaleras que aún me quedaban por subir. Las palmas sonrosadas de mis manos ya magulladas se llevaban todos los golpes pero el temblor que recorría todo mi cuerpo en ese momento junto con el estado de "shock" en el que me encontraba no me hacía sentir el dolor o las molestias que aquellas caídas me pudiesen provocar.

La verdad es que era un fastidio el hecho de vivir en una casa situada en una quinta planta de un edificio sin ascensor. Sin embargo en esa situación por nada en el mundo me hubiese introducido en alguno de ellos. La idea de llegar a la quinta planta y encontrarme frente a Paul al abrir la puerta del mismo me dejaba sin respiración.

En pocos menos de un minuto que para mí se convirtió en poco más de una hora me encontraba frente a la puerta de nuestra casa. No obstante me llevó más de diez minutos el poder abrir la puerta que me conduciría a un lugar que creí seguro. Es sencillo buscar el conjunto de llaves en el interior de un bolso, elegir una entre seis, incrustar la llave elegida en la cerradura de la puerta y dar un par de vueltas hacia la derecha…pero cuando tus manos tiemblan de una forma inusual, el sudor que cubre tu frente hace que te escuezan los ojos y los latidos de tu corazón te están provocando una taquicardia que casi te impide respirar la cosa se complica.


Al final logré entrar en casa. Me puse el pijama lo mas rápido que pude y me metí en la cama. Pocos minutos después de esto escuché como la llave de Paul abría la puerta de casa. Sentí como un escalofrío recorrió mi cuerpo y como un sudor frío me bañaba de pies a cabeza.

Todo estaba en silencio. Podía escuchar perfectamente los latidos de mi corazón. Éstos retumbaban en la habitación de tal modo que parecía que algún vecino estaba dando golpes en algunas de las paredes colindantes. Por más que lo intentaba no podía relajarme. Mi corazón centrado en su afán por salir de mi pecho y el sonido estremecedor que provocaba el ritmo de sus latidos que casi se podían saborear me impedía concentrarme en otras cosas, en otros pensamientos, en otras imágenes diferentes a las que en ese momento se habían hecho dueñas de mi mente.

Paul golpeó de forma tranquila y elegante la puerta de mi habitación antes de abrirla. En la oscuridad de la noche logré apreciar su figura esbelta y ví como la luz de la luna que se colaba por la ventana le hacía frente a sus ojos azules. Paul entró en la habitación. "Hace frío esta noche para que tengas la ventana abierta"- me dijo. Yo no le contesté. Me limité a mirarlo fijamente. Él también me miró durante unos segundos antes de dirigirse nuevamente hacia la puerta. Sus manos fuertes, grandes y hasta hacía poco cubiertas de sangre, se apoyaron en el pomo de ésta. "¿Has salido esta noche?"- preguntó dándome la espalda. "No…¿por qué me lo preguntas?"- le respondí mientras notaba como la sangre se movía a gran velocidad por el interior de mis venas y arterias. No me contestó y desapareció tras la puerta. Si alguien en ese momento me hubiese mirado a los ojos me hubiese visto las pupilas tan dilatadas que se hubiese llegado a asustar.


Cielos…no sé por qué no salí corriendo; no sé por qué no llamé a la policía; no sé por qué actúe de la forma en la que lo hice. Simplemente me quedé parte de la noche acurrucada en la cama, abrazando con tal fuerza la almohada que si hubiese sido el cuerpo de una persona le habrían acabado saliendo los órganos por la boca, salpicándome la sangre a la cara. Pensaba en esta situación un tanto irreal y surrealista y de nuevo me envolvía la misma escena que pocos minutos antes había presenciado en aquella calle sin salida. De repente una insoportable sensación de angustia invadía mi cuerpo y tenía la boca tan seca que el malestar se hacía cada vez mayor.

Por esta razón decidí abrir la puerta del dormitorio, dirigirme hacia la cocina y beber un poco de agua. El salón estaba tranquilo, la puerta de la habitación de Paul, cerrada, y la cocina en perfectas condiciones. Lo más seguro es que Paul se hubiese acostado sin cenar ya que tenía por costumbre no recoger nada hasta que otro llegase a quitar sus cosas de en medio.