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miércoles, 16 de julio de 2008

Los tres pasos

El joven discípulo de un filósofo sabio llega a su casa y le dice:

-Maestro, un amigo estuvo hablando de ti con malevolencia...
-¡Espera! -lo interrumpe el filósofo-. ¿Pasaste por los tres pasos lo que vas a contarme?
-¿Los tres pasos? -preguntó su discípulo.
-Sí. El primero es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?
-No. Lo oí comentar a unos vecinos.
-Al menos lo habrás hecho pasar por el segundo paso, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?
-No, en realidad no. Al contrario...
-¡Ah, vaya! El último paso es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?
-A decir verdad, no.
-Entonces... -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdad, ni bueno ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Relato anónimo


martes, 26 de febrero de 2008

La casa de Asterión

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol;. abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

Jorge Luis Borges

martes, 22 de enero de 2008

Los verdaderos amigos

Un hombre, su caballo y su perro, caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dió cuenta que los tres habían muerto en un accidente. Hay veces que lleva un tiempo para que los muertos se den cuenta de su nueva condición.

La caminata era muy larga, cuesta arriba, el sol era fuerte y los tres estaban empapados en sudor y tenían mucha sed. En una curva del camino avistaron un portón magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza calzada con bloques de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde brotaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que cuidaba de la entrada.
- Buenos días - dijo el caminante
- Buenos días - respondió el hombre
- ¿Qué lugar es éste? - preguntó el caminante
- Esto es el cielo - fue la respuesta
- ¡Qué bueno que llegasemos al cielo, estamos sedientos!- dijo el caminante
- Usted puede entrar a beber agua pero aquí no se permite la entrada de animales.

El hombre se sintió muy decepcionado más él no bebería si sus amigos no lo hacían así que prosiguió su camino. Después de mucho caminar cuesta arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio, cuya entrada estaba marcada por un portón viejo semi-abierto. El portón daba a un camino de tierra, con árboles a ambos lados que le hacían sombra. A la sombra de uno de los árboles un hombre estaba recostado, con la cabeza cubierta por un sombrero, parecía que dormía...
- Buenos días - dijo el caminante
- Buenos días - respondió el hombre
- Tenemos mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.
- Hay una fuente en aquellas piedras - dijo el hombre indicando el lugar.

El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed.
- Muchas gracias - dijo el caminante al salir.
- Vuelvan cuando quieran - respondió el hombre
- A propósito - dijo el caminante - ¿cuál es el nombre de este lugar?
- Cielo – respondió el hombre.
- ¿Cielo? ¡Más si el hombre en la guardia de al lado del portón de mármol me dijo que aquel lugar era el cielo!
- Aquello no es el cielo, aquello es el infierno.

El caminante quedó perplejo
- Más entonces - dijo el caminante - esa información falsa debe causar grandes confusiones.
- De ninguna manera - respondió el hombre - En verdad ellos nos hacen un gran favor. Porque allí quedan aquéllos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.



sábado, 5 de enero de 2008

El escondite de los sentimientos

Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando El Aburrimiento había bostezado por tercera vez, La Locura, tan loca como siempre, les propuso: "¿Jugamos al escondite?". La Intriga levantó la ceja intrigada y La Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: "¿Al escondite? ¿Y cómo se juega al escondite?"; "Es un juego en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde el número uno hasta un millón mientras vosotros os escondéis y cuando yo haya terminado de contar, el primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego"- le explicó La Locura. El Entusiasmo bailó secundado por La Euforia; La Alegría dió tantos saltos que terminó por convencer a La Duda, e incluso a La Apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar, La Verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué?, si al final siempre la hallaban, La Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en verdad lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y La Cobardía, EL miedo y el Temor prefirieron no arriesgarse...


Uno, dos, tres...comenzó a contar La Locura. La primera en esconderse fue La Pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino, La Fe subió al cielo y La Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: ¿un lago cristalino? Ideal para La Belleza; ¿la hendija de un árbol? Perfecto para La Timidez; ¿el vuelo de la mariposa? Lo mejor para La Voluptuosidad; ¿una ráfaga de viento? Magnifico para La Libertad.... Así terminó por ocultarse en un rayito de sol.




El Egoismo en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo...pero sólo para él; La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (¡mentira!,en realidad se escondió detrás del arco iris) y La Pasión y El Deseo en el centro de los volcanes; El Olvido se olvidó de esconderse ...




Cuando La Locura contaba 999 999, El Amor aún no había encontrado un sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores. "Un millón" - contó La Locura y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue La Pereza, sólo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a La Fe discutiendo con Dios en el cielo y a La Pasión y Al Deseo en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a La Envidia y pudo deducir donde estaba El Triunfo. Al Egoismo no tuvo ni que buscarlo. Él solito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a La Belleza. Y con La Duda resulto más fácil aún pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de que lado esconderse. Así fue encontrando a todos, Al Talento entre la hierba fresca, a La Angustia en una oscura cueva, a La Mentira detrás del arco iris... (¡mentira!, si ella estaba en el fondo del océano) y hasta Al Olvido... que se le había olvidado que estaba jugando, pero El Amor no aparecía por ningún sitio. La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo, en la cima de las montañas... y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal; tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido en los ojos Al Amor. La Locura no sabía que hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón y como se sentía muy culpable le prometió ser su lazarillo. Por eso, desde entonces, El Amor es ciego y La Locura siempre lo acompaña.