jueves, 24 de enero de 2008

Paul (el final)

Todo estaba oscuro. La única luz que alumbraba aquella dependencia la proporcionaba la luz de la luna que se introducía a través de la pequeña ventana que daba al patio interior. Aun así no se veía nada pero el miedo de despertar a Paul si veía la luz de la cocina encendida era más grande que el miedo de tropezar con algún objeto o de pisar alguna cucaracha que de vez en cuando correteaba por allí.

Así que al final, con la luz apagada y los pies descalzos, pasé el umbral que daba a la cocina. Cogí un vaso de agua, me dirigí al frigorífico y al abrirlo la luz que salió de él me encandiló de tal manera que durante unos segundos tuve que cerrar los ojos. Cuando los abrí, y con la puerta del frigorífico aún abierta, me eché medio vaso de agua, volví a colocar la botella en su lugar, cerré el frigorífico y lentamente me dí la vuelta con la idea de apoyarme en él mientras me bebía aquel vaso de agua.

Aquel dulce sorbo de agua nunca llegó a mi boca pues cuando más cerca estaban mis labios de aquel vaso mis ojos negros se encontraron con la mirada azul de Paul. Él había estado allí, sentado a oscuras durante todo ese tiempo y no me había dado cuenta de su presencia. Ahora su presencia había hecho que el vaso de agua se me resbalase de las manos, cayendo al suelo y haciéndose mil pedazos. El agua se esparció por doquier. "¿Te he asustado?"- me preguntó. "No te esperaba"- le contesté. Con paso firme me dirigí hacia mi dormitorio cuando escuché a Paul preguntar "¿no vas a beber agua?". Me di la vuelta, abrí nuevamente la puerta del frigorífico y bebí de la misma botella. No me importaba dejar las babas en ella pero sí que Paul notase que todo mi cuerpo estaba temblando.

Días después de aquello todo volvió a la normalidad. Si Paul siguió matando a gente no lo sé. De vez en cuando me encontraba a mí misma leyendo los carteles de "chica desaparecida" que se habían hecho habituales en cada farola, parada de autobús o comercio de la ciudad.


Tres meses más tarde la policía se presentó en casa. El que ya no se hablase del caso no quería decir que éste se hubiese olvidado y por métodos o procedimientos que yo no conozco dieron con el asesino de aquella joven. Un agente le puso las esposas mientras que otro le leía sus derechos. Mientras veía cómo se lo llevaban un tercer agente se me acercó para informarme de que aquella persona con la que había estado compartiendo el piso era el causante de la desaparición y posible muerte de una joven y se creía que había hecho lo mismo con otras tantas personas; que aun no tenían pruebas de las otras desapariciones y supuestos crímenes pero que iban a investigar y que yo había sido muy afortunada al no haber sufrido daño alguno conviviendo con semejante "animal".

Yo no dije nada. Siempre se dio por hecho que yo no sabía nada. Y ese fue el día en el que ví a Paul por última vez. Después de su arresto y tras ver cómo desaparecía tras la puerta de la casa respiré profundamente y caí desplomada en el sillón del salón.

Veinte minutos antes de que aquella escena tuviese lugar Paul me había mirado fijamente a los ojos y con pasos lentos y torpes había llegado junto a mí para susurrarme al oído: "Siempre supe que tú lo sabías". Tras esto escuché unas voces: "Policía. Abran la puerta". Paul se giró para abrir la puerta. Yo le cogí del brazo antes de que lo hiciese. Él clavó la mirada en la mano que lo sujetaba y luego la dirigió hacia mí. "¿Por qué no me mataste aquella noche?". "Te seguí durante días esperando a que me delatases pero nunca lo hiciste. Si esa noche o algún otro día lo hubieses hecho no lo habría dudado pero nuca lo hiciste. Aún no sé por qué te callaste. Esa noche estabas muerta de miedo y aun así te quedaste aquí, en esta casa, a mi lado. Esa noche te ganaste mi respeto, mi admiración".


Paul se dio la vuelta y abrió la puerta dejando que los policías cumpliesen con su obligación. "Ahora tengo que irme. No puedo seguir aquí, no puedo…." Nunca llegó a terminar la frase. Abrió la puerta. Los tres agentes entraron como locos en casa y nunca llegó a acabar la frase.


Aquella fue la última vez que lo vi. Nunca pude ir a visitarlo a la cárcel porque él nunca llegó a la cárcel. No habían pasado ni tres horas desde que aquellos policías se lo habían llevado esposado cuando un grupo de unos siete hombres entraron en casa buscando por todas partes alguna pista que les pudiese llevar hasta su paradero. Sí. Paul nunca llegó a su destino. El coche patrulla en el que iba apareció abandonado en una cuneta. Podría haberse tratado de un accidente pero los cuerpos de los policías que iban en él nunca aparecieron. El del agente que se dirigió a mí para informarme del arresto de Paul tampoco apareció. Él no iba en ese coche patrulla. De hecho parece ser que una vez que salieron de casa llegó a tomar una dirección diferente lo que explica que su coche no apareciese en aquella cuneta sino abandonado en una cala desierta a la que poco antes una patera acababa de llegar. Pero de su cuerpo no había ningún rastro. Era como si se hubiesen desvanecido en el tiempo. Como si nunca hubiesen existido. Quizá estuviesen en el mismo lugar en el que se encontraba aquella chica del bar. Son cosas que nunca se llegaron a saber, una información que nunca se llegó a conocer.

Yo me fui de aquel lugar. Ahora vivo sola en un pequeño estudio y gracias a dios no tengo habitaciones para alquilar o conocidos con los que compartir mi pequeño espacio pero el recuerdo de Paul nunca podré borrarlo de mi memoria. Sus ojos siempre estarán ahí, mirándome en la noche más oscura. La frase que nunca llegó a terminar siempre estará dando vueltas por mi cabeza y su recuerdo siempre estará presente en cada noticia sobre personas desaparecidas.

Son muchas las personas que a la hora de comer se reúnen y ponen las noticias, aunque no le prestan la más mínima atención a los sucesos. Yo, sin embargo, miro el televisor y escucho atentamente cada una de ellas. Quizá algún día hablen de Paul.

martes, 22 de enero de 2008

Los verdaderos amigos

Un hombre, su caballo y su perro, caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dió cuenta que los tres habían muerto en un accidente. Hay veces que lleva un tiempo para que los muertos se den cuenta de su nueva condición.

La caminata era muy larga, cuesta arriba, el sol era fuerte y los tres estaban empapados en sudor y tenían mucha sed. En una curva del camino avistaron un portón magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza calzada con bloques de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde brotaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que cuidaba de la entrada.
- Buenos días - dijo el caminante
- Buenos días - respondió el hombre
- ¿Qué lugar es éste? - preguntó el caminante
- Esto es el cielo - fue la respuesta
- ¡Qué bueno que llegasemos al cielo, estamos sedientos!- dijo el caminante
- Usted puede entrar a beber agua pero aquí no se permite la entrada de animales.

El hombre se sintió muy decepcionado más él no bebería si sus amigos no lo hacían así que prosiguió su camino. Después de mucho caminar cuesta arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio, cuya entrada estaba marcada por un portón viejo semi-abierto. El portón daba a un camino de tierra, con árboles a ambos lados que le hacían sombra. A la sombra de uno de los árboles un hombre estaba recostado, con la cabeza cubierta por un sombrero, parecía que dormía...
- Buenos días - dijo el caminante
- Buenos días - respondió el hombre
- Tenemos mucha sed, yo, mi caballo y mi perro.
- Hay una fuente en aquellas piedras - dijo el hombre indicando el lugar.

El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed.
- Muchas gracias - dijo el caminante al salir.
- Vuelvan cuando quieran - respondió el hombre
- A propósito - dijo el caminante - ¿cuál es el nombre de este lugar?
- Cielo – respondió el hombre.
- ¿Cielo? ¡Más si el hombre en la guardia de al lado del portón de mármol me dijo que aquel lugar era el cielo!
- Aquello no es el cielo, aquello es el infierno.

El caminante quedó perplejo
- Más entonces - dijo el caminante - esa información falsa debe causar grandes confusiones.
- De ninguna manera - respondió el hombre - En verdad ellos nos hacen un gran favor. Porque allí quedan aquéllos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos.



sábado, 5 de enero de 2008

El escondite de los sentimientos

Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando El Aburrimiento había bostezado por tercera vez, La Locura, tan loca como siempre, les propuso: "¿Jugamos al escondite?". La Intriga levantó la ceja intrigada y La Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: "¿Al escondite? ¿Y cómo se juega al escondite?"; "Es un juego en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde el número uno hasta un millón mientras vosotros os escondéis y cuando yo haya terminado de contar, el primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego"- le explicó La Locura. El Entusiasmo bailó secundado por La Euforia; La Alegría dió tantos saltos que terminó por convencer a La Duda, e incluso a La Apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar, La Verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué?, si al final siempre la hallaban, La Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en verdad lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella) y La Cobardía, EL miedo y el Temor prefirieron no arriesgarse...


Uno, dos, tres...comenzó a contar La Locura. La primera en esconderse fue La Pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino, La Fe subió al cielo y La Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: ¿un lago cristalino? Ideal para La Belleza; ¿la hendija de un árbol? Perfecto para La Timidez; ¿el vuelo de la mariposa? Lo mejor para La Voluptuosidad; ¿una ráfaga de viento? Magnifico para La Libertad.... Así terminó por ocultarse en un rayito de sol.




El Egoismo en cambio encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo...pero sólo para él; La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (¡mentira!,en realidad se escondió detrás del arco iris) y La Pasión y El Deseo en el centro de los volcanes; El Olvido se olvidó de esconderse ...




Cuando La Locura contaba 999 999, El Amor aún no había encontrado un sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores. "Un millón" - contó La Locura y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue La Pereza, sólo a tres pasos de una piedra. Después se escuchó a La Fe discutiendo con Dios en el cielo y a La Pasión y Al Deseo en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a La Envidia y pudo deducir donde estaba El Triunfo. Al Egoismo no tuvo ni que buscarlo. Él solito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a La Belleza. Y con La Duda resulto más fácil aún pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de que lado esconderse. Así fue encontrando a todos, Al Talento entre la hierba fresca, a La Angustia en una oscura cueva, a La Mentira detrás del arco iris... (¡mentira!, si ella estaba en el fondo del océano) y hasta Al Olvido... que se le había olvidado que estaba jugando, pero El Amor no aparecía por ningún sitio. La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo, en la cima de las montañas... y cuando estaba por darse por vencida divisó un rosal; tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido en los ojos Al Amor. La Locura no sabía que hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón y como se sentía muy culpable le prometió ser su lazarillo. Por eso, desde entonces, El Amor es ciego y La Locura siempre lo acompaña.